LA VIDA CON NIÑOS

Hace un par de semanas mi esposo me mostraba un comparativo de la vida con niños vs. la vida sin niños, de esos que aún no descifro si tratan de recordar a quienes ya somos padres las cosas que nos estamos “perdiendo” o advertir a los que no lo son de lo cansada y terrible que se vuelve tu vida cuando te conviertes en uno.

Siendo completamente honesta, sí es cierto que a veces dormimos muy poco, que hay días en que a las nueve de la mañana sentimos que ya hemos corrido un maratón, que hay noches de desvelos, que hay días llenos de frustración, que es justo ahora que las frases “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” o “el tiempo es oro” cobran sentido, que a veces extraño tener tiempo para mí, o poder dormir una hora más, hacer algo sin interrupciones cada cinco minutos, o simplemente disfrutar del silencio.

Pero también es cierto que somos inmensamente felices, que nos reímos mucho, que a veces basta la sonrisa de uno de esos pequeños para que todo lo anterior desaparezca, que la palabra AMOR termina de definirse en el momento en que sostienes por primera vez a tu bebé, que no existen palabras para describir el momento en que escuchas su llanto en la sala de parto o cuando sostiene tu dedo con esa manita perfecta, que la vida se vuelve inmensa y pequeña al mismo tiempo ante la perfección de un ser tan frágil y podrás encontrarte llorando de emoción mientras vigilas su sueño.

Que ver crecer a tus pequeños es algo mágico, que nunca dejan de sorprenderte, que su inocencia y la forma de maravillarse ante el mundo se contagia, que ver caminar una pequeña hormiga le da perspectiva a la vida, y reír a carcajadas hace bien al corazón. 

Vivir con niños es sobrevivir al caos, migajas en las esquinas y juguetes por doquier, batallas antes de dormir y berrinches en el supermercado; situaciones que parecieran inaguantables pero que se empequeñecen ante una pancita ávida de cosquillas, una sonrisa mostrando todos los dientes mientras porta las rodillas más sucias después de un día en el parque, o un abrazo de reencuentro después de un día de trabajo.

La vida con niños no es fácil, no hay un día que no te cuestiones si lo estás haciendo bien, si pudiste haberlo hecho mejor, si podrás cambiar el mundo para ellos; hay responsabilidades, incertidumbre, te vuelves vulnerable, quisieras asegurarles una vida perfecta, pero bien sabes que eso no existe, entonces quisieras enseñarles como superar retos y ser feliz en una vida imperfectamente perfecta, pero eso es algo que aún tú, no tienes tan claro, y vuelve a haber dudas. 

Pero cada uno de los retos que supone vivir con niños, no es más que la reafirmación del ser, porque la vida tiene un nuevo sentido, tú estás aquí por una razón, quizá por tres, porque ser mamá, es y será siempre el trabajo más complicado al que te hayas enfrentado, tendrás que lidiar con la rutina, frustración y aún a veces con dolor, pero sonando a cliché es también la ocupación más gratificante, porque hacen la vida más feliz, es así de simple. Porque por ellos querrás ser mejor persona, porque por ellos siempre encontrarás la manera de seguir, porque cuando toman tu mano no es sólo para sentirse seguros, es para darte la confianza y la seguridad de que lo estás haciendo bien, que las coincidencias no existen y que si eres su mamá es porque no hay persona mejor que tú para desempeñar ese papel.

Y probablemente seguirás añorando lo que ya no puedes hacer o te preguntarás cómo sería tu vida sin niños en los momentos en el que el cansancio y la frustración parecen ir ganando, pero ellos siempre tendrán la manera de recordarte que no querrías tu vida de otra manera y que ellos son tu inspiración.