JUNTAS

©blamag

©blamag

Cuando me convertí en madre hace más de cinco años, mi corazón y mi mente empezaron a tejer ideas, historias y sueños de cómo sería mi relación con mi hija, los momentos, la complicidad y el amor fueron descritos perfectamente en el instante en el que la tuve en mis brazos.

Al cabo de un par de años, un día me encontré perdida, tratando de entender porque no podía conectar con ella de la manera en la que lo había imaginado, tratando de explicar mis intentos fallidos, y mis ansias de muestras de afecto delicadas; pasando el tiempo, mi inquietud se convirtió en temor, ver realizado ese 'sueño' dejó de vislumbrarse en mi realidad, y negándome a ser egoísta, dejé de anhelar.

Años antes de ser madre, cuando nació en mí la idea de algún día tener una familia y el número tres apareció en mi mente, la ecuación mostraba siempre dos niñas y un niño, según yo la fórmula perfecta; y a la espera de mi tercer bebé, aún sin certezas de nada, mi corazón sintió alivio al escuchar "niño", algo en mí se negaba a completar ese sueño que era para ella desde el principio, con alguien más.

Hace un año, al saber por fin, al tener respuestas, explicaciones, y deshacerme de esa ignorancia admitida, entendí la forma en que funciona su mente; cosas tan simples como poder explicar su necesidad de chocar contra mi, tratando de ubicarse en el espacio, cambió el panorama y me dio las herramientas para ayudarla. 

Mi primera reacción fue alivio, sentir que ya no estaba perdida, que ahora sabía, y lo más importante, podía hacer lo necesario para ayudarla. Pero he de admitir, viví una especie de duelo, el guión a esa relación que había escrito en mi mente y todas esas ideas se quedaban solo en eso. Y una vez más me sentí egoísta, por haber deseado tantas tonterías y por sentirme frustrada de no poder compartirlas con ella, cosas tan tontas como diarios compartidos o uñas pintadas, caricias muy suaves e incluso cosas de 'niñas' que ni aún yo en mis años de infancia buscaría. Y en un momento de claridad pude ver que la niña dulce que tenía enfrente, me llenaba en tantos aspectos, que mi relación con ella era aún más especial a como la había soñado.

Hace poco más de seis meses, mientras acostaba a su hermanito, se acercó a mi de manera suave, buscando una caricia, cercanía; esta vez sin una necesidad sensorial, solo que yo la tuviera en mis brazos y acariciara su cabello mientras el cansancio la derrotaba de a poco, y un mar de lágrimas inundó mis ojos, mientras mi corazón se sintió completo.

Hace unos días, al dejar el parque y regresar a casa, la ansiedad que le causó toparse con una desconocida que llegaba, la hizo huir de la escena, alejándose sin mirar atrás o esperarnos mientras yo subía al más pequeño a la carriola, dirigiéndose apurada hacia la acera, y mientras más llamaba su nombre parecía que se alejaba más deprisa, corrí hacia ella y la detuve justo antes de cruzar la calle, cuando le explique que no debía salir huyendo de esa manera y di la cátedra de seguridad, acompañada de lo mucho que la amo y no quiero que se lastime, me miro a los ojos y escuchó atenta a mis palabras, me abrazó. Más tarde, tratando de ayudarla a lidiar con su tristeza al extrañar a sus abuelos, abrimos juntas una ventana a nuestras emociones, y tras una charla, lágrimas y abrazos, ella fue capaz de verbalizar sus emociones y yo de verbalizar el infinito amor que siento por ella, tomando las pequeñas dificultades que nos presenta el día a día y convirtiéndolas en una oportunidad, para comunicarnos, pero mucho más importante, para encontrarnos.

Sé que cada día presentará nuevos retos y experiencias, pero ni por un momento he dudado que las superaremos juntas, y sé que ahora más que nunca, ella lo sabe.