DEJAR DE FUMAR ES DIFÍCIL, AUNQUE SEPAS CÓMO

FOTO VÍA PINTEREST

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Estoy a pocos días de cumplir seis meses sin fumar. Cada mes ha traído consigo un kilo extra, un aumento en la cantidad de mocos y una disminución de mi condición física. No, no quiero volver a fumar. Ya no se me antoja un cigarro. Excepto cuando sí se me antoja y recuerdo que los fumadores somos como los alcohólicos, no dejamos de serlo nunca.

Empecé a fumar a los 14 años. El primer cigarro que recuerdo me dio asco, con todo y que era light, pero me sentía grande fumando con mis amigas a escondidas y, al menos en ese tiempo, quería ser grande, así que comencé con mentolados.

Cuando quise acordar ya tenía marca favorita, la del camellito en versión regular, y me echaba una cajetilla diaria, excepto cuando sabía que podía echarme dos si la fiesta me dejaba.

A los 26 años, sin reflexionar en torno al vicio demasiado, decidí dejarlo. Estaba en una sesión de fotografía y el objeto de los disparos de la cámara era una taza de café “caliente”, es decir una taza de café que debía verse caliente a pesar de no estarlo. Yo, como encargada de la “producción” le fumé encima a la taza unos ¿cinco, seis? cigarros, en un tiempo de ¿15-20? minutos. No llama la atención que alguien decida dejar de fumar después de algo semejante, ¿no?

Compré las pastillas de Pfizer al día siguiente y comencé el tratamiento a la semana. Todo iba bien los primeros días. Poco a poco iba desapareciendo mi deseo de fumar. Lo que no sabía era que también iba desapareciendo yo en el camino.

A las dos semanas de tratamiento, la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos retiró del mercado las pastillas porque se había documentado que éstas provocaban deseos suicidas en algunas personas. Leí la noticia.

Yo no tenía ganas de matarme, pero sí de ahorcar a otros: perdí buena parte de mi censor social en lo que llevaba del tratamiento, así que decidí seguir mi camino sin pastillas, “a fuerza de morderme una uña”.

Dos años, un mes y 16 kilos después, me enteré de que mi pareja me engañaba, lo que provocó la posterior separación y mi regreso a las andadas nicotínicas. En la sentimentalidad y el afán autodestructivo del gremlin del truene (ese bicho que se nos sube a todos cuando acabamos una relación), le di “una fumada” a un cigarrito en una fiesta y a la mañana siguiente adquirí mi “primera” cajetilla. Esa“inocente” fumada me transportó a la primera vez que tuve un cigarrillo en los labios, a ese momento de rebeldía, vitalidad y pertenencia de mis 14 años; una máquina del tiempo. Aunque, como sabe cualquier fumador, todas las fumadas subsiguientes JAMÁS me transportaron a ningún lado.

Pensé que volvería por poco tiempo y que podría dejarlo otra vez “cuando quisiera”: a los seis meses me compré el cigarro electrónico e implementé un concienzudo plan que incluía ir a trotar cada mañana, comer muchas verduras, tomar mucha agua, etcétera, etcétera, etcétera. El “divorcio” del vicio no me duró ni un mes.

Cinco años después, tras prometerlo cada 31 de diciembre, ponerlo en la lista y comerme las uvas, fumaba una cajetilla diaria, si estaba estresada dos. A veces me daba asco cómo olía o incluso el sabor del cigarro, pero me lo echaba igual porque para ese punto eran tan caros que no podía “desperdiciarlos” (lo sé, lo sé).

En mi último cumpleaños, después de una asquerosa cruda de cigarro, leí el libro de Allen Carr, Dejar de fumar es fácil si sabes cómo, y, ¡oh sorpresa!, dejé de fumar.

No les voy a contar lo que dice el libro porque lo pueden buscar, y porque creo que buena parte de haber logrado llegar hasta aquí (la cima del universo, 6 meses sin fumar) tiene más que ver conmigo que con el libro.

 ¿Es fumar racional? Los no fumadores, sanos, deportistas, veganos, me dirán que nada que haga daño a la salud lo es, pero difiero. Uno puede apreciar el balance de un vicio, qué te da, qué te hace daño y decidir si vale el precio que hay que pagar.

Otras drogas, como el alcohol, además de los efectos nefastos a la salud te dan un “extra”: esa sensación de anestesiar un poco a tu juez, dejarte ser sin estarte monitoreando tanto, al menos en mi caso (no tomen esto, por favor, como una incitación a consumir bebidas alcohólicas, ya leo a las buenas conciencias en Twitter). El cigarro, por el contrario, lo que provoca es angustia y deseo: angustia desde el momento en el que baja tu nicotina en sangre y deseo, la búsqueda constante de ese "high" que te dio la primera vez que lo probaste.

El libro, sin duda, me puso a pensar en este tipo de cosas, en qué significaba el cigarro para mí, por qué empecé, por qué seguía, y a partir de eso, cada vez que se me antojaba volver visitaba esas ideas, me argumentaba a mí misma: “ya llevo un mes, si regreso ahora, voy a perder esa pequeña marca y me costará más trabajo dejarlo”.

No me ha parecido fácil, a veces me resulta frustrante (dejé de fumar, pero ahora mi condición física se ha desplomado), contradictorio (antes nunca me enfermaba, ahora vivo ahogándome en mocos) y molesto (vaya, que he subido 6 kilos que no me hacen nada feliz y temo seguir subiendo).

No me arrepiento. Ahora me da asco el vicio, me alcanza mejor el dinero, y sé que estos síntomas también pasarán, que haciendo ejercicio, aunque ahora me cueste más, disminuirán los mocos y mejorará mi condición; que la combinación con una mejor dieta me ayudará a bajar de peso; que he ganado autonomía, que estoy menos ansiosa, recuperé el olfato, me respeto más como persona porque nada me controla.

Dejar de fumar cuesta mucho trabajo, la pasas mal no sólo porque extrañas tu dosis, sino también porque a tu cuerpo le lleva un tiempo “curarse” del daño que te has hecho y porque siempre es difícil cambiar un hábito, más si lo demás en tu vida sigue igual.

Cada quien sabe si quiere seguirle o dejarlo, pero creo que es importante advertir a quien se decida por la segunda, que el camino tiene baches, que hay que estar atento y decidido, confiado de que “esto también pasará” y aunque nos lleve un tiempo llegaremos a la orilla en la que los kilos no pesen, el cansancio no exista y los mocos, al fin, dejen de asediarnos; sin que nada nos controle más que “nosotros” mismos.

Algunas ayudas

  • ¿Se te antoja un cigarro? Tómate un vaso de agua, aliviana las ganas.
  • ¿Se te antoja otro? Los 10 minutos que te tomabas para fumar dedícalos a dar la vuelta a la manzana.
  • Reflexiona en torno a tu vicio con honestidad, si no estás lista para dejarlo es cosa tuya, pero no te mientas.
  • Hacer pequeñas modificaciones a las rutinas que son inseparables del cigarro puede ayudar: en lugar de fumar después de comer, paseo a mi perra, por ejemplo.
  • Recuerda que dejar de fumar es un proceso lleno de obstáculos, no los 100 metros planos; a veces sentirás que avanzas rapidísimo, otras que vas en retroceso. Paciencia.