VOMITAR ESTÁ PERMITIDO

FOTO VIA NIKE

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Sonó el despertador a las 5:00 de la mañana en un sábado -después de una noche larga en la que cuidas de tu bebé enferma- me puse los tennis y el outfit para ir al BootCamp.

Manejé por 15 minutos y llegué a la última planta del estacionamiento del Wynn, sí, el casino al final del strip de Las Vegas. Me reuní con mis amigos y escuché con atención las reglas en voz de la entrenadora: Prohibido quejarse. En todo momento deberás correr y sí sientes que tienes ganas de vomitar o desmayarte está bien, significa que lo estás haciendo bien.

A las 7:00 am en punto empezó el calentamiento por los carriles del estacionamiento. Bajé cinco niveles por las escaleras y atravesé corriendo la calle hacia el Fashion Show Mall, y comenzó lo más pesado. Primero subí brincando de dos en dos las escaleras -para ser más exacta 50 escalones- luego las subí haciendo lagartijas invertidas y aquí fue cuando escuché la voz de Julie Johnston diciendo: “Veronica be careful your husband won't like you with no teeth” y pensé “¿tan mal me veo subiendo así las escaleras?”. Empecé a sudar sin parar, la última vez que vi el termómetro en el coche decía 31 grados centígrados. Continué subiendo las escaleras en forma de carretilla ayudada de mi amiga Annika, seguido de un par de sprints. Por lo menos subí y bajé como 10 veces.

Recuperé el aliento por algunos segundos y seguí corriendo hacia el Treasure Island, crucé como cangrejo el puente que está debajo del barco pirata y luego corrí sin parar a través de los puentes peatonales que adornan las calles del strip; y justo aquí creí que habría un descanso porque dejé de ver al grupo. Cuando me di cuenta que estaban agachados y no precisamente sentados reposando sino haciendo abdominales en el piso. Así que me incorporé en el número 10 y llegamos hasta el 100. Después adivinen qué? A seguir corriendo. Llegando al Mirage hubo una pausa ya que nos paramos de manos frente a sus cascadas -no recuerdo por cuánto tiempo- sólo me deleité viéndolas de cabeza y escuchando el hermoso sonido del agua.

Correr, correr y correr. Recuerdo que lo hacía más rápido cuando veía el tiempo del semáforo peatonal en el 10 y creía que no me iba a dar tiempo de llegar al otro lado de la calle. Disfruté haciendo los fondos en las fuentes de la explanada del Venetian con su agua salpicándome -a estas alturas el calor había incrementado-. Ahí estaba yo, corriendo y haciendo burpees en el pasto tan bien cuidado del Wynn con una canción de chillout de fondo y pensé que era un bonito soundtrack todo lo que había escuchado en cada hotel por el que corrí.

Se acercaba el final de la hora, me di cuenta cuando noté que nos acercábamos al estacionamiento del Wynn. En este momento pensé que me sentiría feliz porque ya no correría más, pero no fue así, sentí una inmensa satisfacción y felicidad por lo que había logrado, y no sólo eso sino que disfruté la ciudad de otra manera, así que junté todas mis fuerzas para cerrar con el último sprint al nivel más alto del estacionamiento donde todo había comenzado.